miércoles, 25 de junio de 2014

Stephen King – El doctor Sueño, Incompleto

El último libro de Stephen King  “El doctor Sueño” en algunas ediciones españolas del libro, vienen con un error de encuadernación que elimina parte del capítulo 2. Vengo a traeros dicha parte.




El pasado cuatro de junio, este tabernero que os habla, cumplía un año más en la tierra. De entre los numerosos regalos que me cayeron por mi buen comportamiento, se encontraba la última novela de  Stephen King,  El doctor Sueño, la secuela del estupendo “El resplandor”.

Hace poco que he empezado a leer la novela. Todo muy bien, me está enganchando y entusiasmando. Me gusta ver cómo les ha ido a los supervivientes del Overlook y las andadas del pequeño Danny, convertido ahora en todo un hombretón.

 Pero bueno... no he abierto la taberna hoy para hacer una entrada comentando el libro, si no para comentar, que mi versión impresa del libro, y supongo que más de un libro estará en la misma situación que el mío, debido a esas cuestiones de tirada en serie impresa, viene incompleta. Le falta casi todo el capítulo 2. Una cagada de la editorial, como una catedral.

En un principio creí que se trataba de una maniobra, de un juego, de esos juegos a los que nos tiene acostumbrados Stephen King, dentro de sus relatos, que se yo, como ese Redrum, que visto en el espejo es asesinato.

Mi sorpresa al buscar en Internet, es que no se trata de una broma del bueno de Stephen, sino más bien una broma pesada de la editorial, que una vez más, vuelvo a reiterar en sus cagados.

De modo que rebuscando por la red, he hallado, la parte que me faltaba. Os la pongo aquí, por si estáis en la misma situación que yo:

El fragmento que falta, viene desde el parrafo 4 del capitulo 2, hasta el fragmento 15 del siguiente capítulo. Os pongo directamente el capitulo 2 completo, hasta el fragmento 15 que os mencionaba.

Allá va:




""Capitulo 2
MAMÁ


1

Tuvo un enredo de pesadillas —alguien blandiendo un mazo y persiguiéndolo por pasillos
interminables, un ascensor que funcionaba solo, setos con forma de animales que cobraban vida y le cercaban— y finalmente un pensamiento nítido: Ojalá estuviera muerto.
Dan Torrance abrió los ojos. La luz del sol penetró a través de ellos en su cabeza dolorida y amenazó con prender fuego a su cerebro. La madre de todas las resacas. Su rostro palpitaba. Sus fosas nasales estaban atascadas excepto por un diminuto agujero de alfiler en la izquierda que permitía la entrada de un hilo de aire. ¿La izquierda? No, era la derecha. Podía respirar por la boca, pero era un asco porque le sabía a whisky y cigarrillos. Su estómago era una bola de plomo, lleno de toda clase de porquerías. «La barriga basura de la mañana después», así había llamado algún antiguo compañero de borracheras esa lamentable sensación.
Ronquidos fuertes a su lado. Dan giró la cabeza en esa dirección, aunque su cuello lanzó un grito de protesta y otro rayo de agonía le atravesó la sien. Volvió a abrir los ojos, pero solo un poco; no más de aquel sol cegador, por favor. Todavía no. Estaba tendido en un colchón desnudo en un suelo desnudo.
Una mujer desnuda yacía despatarrada a su lado, boca arriba. Dan bajó la vista y vio que él mismo también estaba al fresco.
Esta es… ¿Dolores? No. ¿Debbie? Se acerca, pero no…
Deenie. Se llamaba Deenie. La había conocido en un bar llamado The Milky Way, y todo había sido bastante divertido hasta que…
No se acordaba, aunque tras un vistazo a sus manos —ambas hinchadas, los nudillos de la derecha raspados y con costras— decidió que no quería recordarlo. ¿Y qué importaba? El escenario básico nunca cambiaba. Se emborrachaba, alguien decía lo que no debía, y seguía el caos y la carnicería en el bar. Un perro peligroso habitaba en su cabeza. Sobrio, podía mantenerlo atado. Cuando bebía, la correa desaparecía. Tarde o temprano mataré a alguien . Por cuanto sabía, tal vez lo había hecho la noche anterior.
Eh, Deenie, cógeme el weenie.
¿De verdad había dicho eso? Mucho se temía que sí. Empezaba a recordar un poco, e incluso un poco era demasiado. Jugando al billar. Tratando de darle un poco más de efecto a la bola, y el taco raspaba la mesa, y la hijaputa manchada de tiza se iba botando y rodando hasta la gramola, donde sonaba —¿qué si no?— música country. Joe Diffie, creía recordar. ¿Por qué había fallado tan escandalosamente? Porque estaba borracho, y porque Deenie estaba detrás de él, Deenie había estado cogiéndole el weenie justo por debajo del borde de la mesa y él estaba fardando para impresionarla.
Todo en sana diversión. Pero entonces el tipo de la gorra Case y la extravagante camisa de cowboy de seda se había reído, y ese fue su error.
Caos y carnicería en el bar.
Dan se tocó la boca y palpó rollizas salchichas donde había unos labios normales la tarde anterior, cuando salió de aquel sitio de cobro de cheques con algo más de quinientos dólares en el bolsillo del pantalón.
Por lo menos parece que todos los dientes están…Su estómago dio una sacudida líquida. Un borbotón de agria porquería con un regusto a whisky le subió por la garganta y volvió a tragárselo. Quemaba. Rodó fuera del colchón y cayó sobre las rodillas, se puso en pie de manera vacilante y se tambaleó en cuanto la habitación empezó a bailar un lento tango. Tenía resaca, la cabeza le iba a reventar, sus tripas estaban llenas de cualquier comida barata que hubiera engullido la noche anterior para apisonar el alcohol…, pero es que además seguía borracho.
Recogió los calzoncillos del suelo y salió del dormitorio con ellos colgando de su mano, sin cojear pero favoreciendo claramente a su pierna izquierda. Tenía un recuerdo vago —que esperaba que nunca se definiera del todo— del vaquero Case arrojándole una silla. Ahí fue cuando él y Deenie «cógeme el weenie» se marcharon si no exactamente corriendo sí riendo como lunáticos.
Otra sacudida de su nada contento vientre. Esta vez vino acompañada de un apretón que parecía el de una mano enfundada en un guante de goma. Eso disparó todos los detonadores del vómito: el olor a vinagre de huevos cocidos en un tarro de cristal, el sabor de las cortezas de cerdo a la barbacoa, la visión de patatas fritas ahogadas en una hemorragia nasal de ketchup. Toda la mierda que se había llevado a la boca la noche anterior entre copa y copa. Iba a potar, pero las imágenes continuaban viniendo, girando en la ruleta de algún concurso de pesadilla.
¿Qué tenemos para nuestro próximo concursante, Johnny? Bueno, Bob, ¡es un plato enorme de
SARDINAS GRASIENTAS!
El cuarto de baño quedaba al final de un corto pasillo. La puerta estaba abierta, la tapa del inodoro levantada. Dan se abalanzó sobre la taza, cayó de rodillas y expulsó un copioso torrente de porquería amarillo pardusca encima de un zurullo flotante. Apartó la vista, buscó a tientas la palanca de la cisterna y la accionó. Fluyó una cascada, pero no le acompañó el ruido del desagüe. Volvió a mirar y vio algo alarmante: el zurullo, probablemente suyo, subiendo hacia el borde salpicado de orina de la taza en un océano de aperitivos a medio digerir. Justo antes de que el inodoro se desbordara, completando así el horror banal de esa mañana, la tubería se aclaró la garganta y toda la mierda desapareció arrastrada por el agua. Dan volvió a vomitar, luego se sentó sobre los talones, con la espalda apoyada en la pared del baño, y agachó la cabeza palpitante, esperando a que se llenara la cisterna para poder vaciarla por segunda vez.
Se acabó. Lo juro. Se acabó el alcohol, se acabaron los bares, se acabaron las peleas . Una promesa repetida cien veces. O mil.
Una cosa era cierta: o se largaba de esa ciudad o se vería en problemas. Serios problemas, quizá; no podía descartarlos.
Johnny, ¿qué tenemos para el ganador de hoy? Bob, ¡son DOS AÑOS EN LA PENITENCIARÍA DEL
ESTADO POR ASALTO Y AGRESIÓN! Y… el público del estudio enloquece.
La cisterna del váter había acallado su ruidoso llenado. Echó mano a la palanca para evacuar La
Mañana Siguiente Parte Dos, pero entonces se detuvo y contempló el agujero negro de su memoria a corto plazo. ¿Sabía cómo se llamaba? ¡Sí! Daniel Anthony Torrance. ¿Sabía cómo se llamaba la chica que roncaba en el colchón de la otra habitación? ¡Sí! Deenie. No recordaba su apellido, pero seguramente ella no se lo había dicho. ¿Sabía cómo se llamaba el actual presidente?
Para horror de Dan, no lo recordaba, en un primer momento no. El tipo lucía un enrollado corte de pelo a lo Elvis y tocaba el saxofón… bastante mal, por cierto. Pero ¿el nombre…?
¿Sabes acaso dónde estás?
¿Cleveland? ¿Charleston? Era una u otra.
Al vaciar la cisterna, el nombre del presidente arribó a su cabeza con espléndida claridad. Y Dan no estaba ni en Cleveland ni en Charleston. Estaba en Wilmington, Carolina del Norte. Trabajaba como celador en el hospital Grace of Mary. O había trabajado. Era hora de seguir adelante. Si conseguía llegar a algún otro sitio, algún sitio bueno, a lo mejor era capaz de dejar la bebida y volver a empezar de cero.
Se levantó y se miró en el espejo. El daño no era tanto como se había temido. La nariz hinchada, pero no rota (al menos creía que no). Costras de sangre seca sobre el inflamado labio superior. Tenía un moratón en el pómulo derecho (el vaquero Case era zurdo), con la huella ensangrentada de un anillo en el centro. Otro cardenal, grande, se estaba extendiendo en su hombro izquierdo. Eso, creía recordar, se lo había hecho un taco de billar.
Examinó el armario del botiquín. Entre tubos de maquillaje y frascos desordenados de productos de parafarmacia encontró tres medicamentos para los que se necesitaba receta. El primero era Diflucan, comúnmente prescrito para la candidiasis. Se alegró de estar circuncidado. El segundo era DarvonComp 65. Lo abrió, vio media docena de cápsulas y se guardó tres para un uso posterior. El último era Fioricet, y el frasco —afortunadamente— estaba casi lleno. Se tragó tres con agua fría. Inclinarse sobre el lavabo empeoró su dolor de cabeza, pero pensó que pronto sentiría alivio. El Fioricet, indicado para las migrañas y las cefaleas nerviosas, era un matarresacas garantizado. Bueno… casi garantizado.
Se disponía a cerrar el armario cuando decidió echar otro vistazo. Removió la porquería. Ningún anticonceptivo. Quizá ella los llevara en su bolso. Eso esperaba, porque no había utilizado condón. Si se la había follado —y aunque no lo recordaba con certeza, era lo más probable—, lo había hecho a pelo.
Se puso los calzoncillos, volvió al dormitorio arrastrando los pies y se detuvo en la puerta un momento a observar a la mujer que le había llevado a su casa la noche pasada. Brazos y piernas abiertas, exhibiéndolo todo. La noche anterior parecía la diosa del mundo occidental, con su minifalda de cuero y sus sandalias de corcho, su top corto y sus pendientes de aro. Esta mañana advirtió la masa blanca y fofa de una creciente barriga cervecera y la segunda barbilla que empezaba a asomar bajo la primera.
Vio algo peor: no era lo que se dice una mujer. Tal vez no fuese menor de edad (por favor, Dios, que no sea menor de edad), pero seguro que no había cumplido los veinte años, quizá todavía tuviera dieciocho o diecinueve. En una pared, escalofriantemente infantil, había un póster de KISS con Gene
Simmons escupiendo fuego. Otro mostraba a una linda gatita de ojos asustados colgando de la rama de un árbol. AGUANTA AHÍ, NENA, aconsejaba el cartel.
Tenía que largarse de ahí.
Sus ropas estaban enmarañadas a los pies del colchón. Separó su camiseta de las bragas de la chica, se la pasó por la cabeza y luego se puso los tejanos. Se quedó petrificado, con la cremallera a medio subir, al darse cuenta de que su bolsillo izquierdo estaba mucho menos abultado de lo que estuviera cuando salió del sitio de cobro de cheques la tarde anterior.
No. No puede ser.
Su cabeza, que ya estaba algo mejor, empezó a palpitar de nuevo a medida que los latidos de su corazón aceleraban, y cuando hundió la mano en el bolsillo sacó únicamente un billete de diez dólares y dos palillos de dientes, uno de los cuales se introdujo bajo la uña del dedo índice y se clavó en la sensible carne. Apenas lo notó.
No nos bebimos quinientos dólares. Ni de coña. Estaríamos muertos si hubiéramos bebido tanto.
Su cartera continuaba alojada en el bolsillo de atrás. La sacó, esperando contra toda esperanza, pero no había nada. En algún momento debió de transferir el billete de diez que normalmente guardaba allíal bolsillo delantero. Esto se lo ponía más difícil a los carteristas, algo que ahora le parecía un chiste.
Miró a la mujer-muchacha que roncaba despatarrada en el colchón y se encaminó hacia ella con intención de despertarla de una sacudida y preguntarle qué había hecho con su puto dinero.
Estrangularla, eso se merecía. Pero si ella se lo había robado, ¿por qué le había llevado a su casa? ¿Y no había ocurrido nada más, ninguna otra aventura después de marcharse del Milky Way? Ahora que su cabeza se aclaraba, tenía un recuerdo —borroso, pero probablemente válido— de que tomaron un taxi a la estación de tren.
Conozco a un tío que anda por allí, cariño.
¿Había dicho ella eso de verdad o era cosa de su imaginación?
Vale, lo dijo. Estoy en Wilmington, el presidente es Bill Clinton, y fuimos a la estación de tren. Y sí, allí había un tío, de esos que prefieren hacer los negocios en el servicio de caballeros, sobre todo si al cliente le han arreglado la cara. Cuando preguntó quién me había cabreado, le contesté…
—Le contesté que se metiera en sus asuntos —murmuró Dan.
Cuando entraron en el servicio, Dan tenía la intención de comprar un gramo para contentar a la chica, nada más que eso, y solo si no era medio Manitol. A Deenie tal vez le fuera la coca, pero no a él. La «aspirina del rico», había oído que la llamaban, y él estaba lejos de ser rico. Pero entonces alguien había salido de uno de los retretes. Un ejecutivo con un maletín rebotando en su rodilla. Y cuando el señor Ejecutivo se dirigía a un lavabo para lavarse las manos, Dan había visto moscas reptándole por el rostro.
Moscas de muerte. El señor Ejecutivo era un muerto andante y no lo sabía.
Por tanto, en lugar de achicarse, estaba prácticamente seguro de que se había agrandado. Aunque quizá hubiera cambiado de opinión en el último momento. Era posible; recordaba tan poco…
Pero me acuerdo de las moscas.
Sí. Las recordaba. El alcohol aplastaba el resplandor, lo noqueaba, pero no podía asegurar que los bichos fuesen una manifestación del resplandor. Borracho o sobrio, venían cuando querían.
Volvió a pensar: Tengo que largarme de aquí.
Volvió a pensar: Ojalá estuviera muerto.


2

Deenie emitió un débil resoplido y se apartó de la implacable luz matinal. Salvo por el colchón en el suelo, la habitación estaba desprovista de muebles; ni siquiera había una cómoda de segunda mano. El armario estaba abierto, y Dan vio gran parte del exiguo vestuario de Deenie amontonado en dos cestos
de plástico para la colada. Las pocas prendas colgadas en perchas parecía ser su ropa de gala para salir de copas. Vio una camiseta roja con las palabras SEXY GIRL impresas con lentejuelas, y una falda vaquera con el dobladillo deshilachado a la moda. Había dos pares de deportivas, dos pares de manoletinas y un par de zapatos de putón, con tiras y tacones altos. Sin embargo, no vio ningunas sandalias de corcho. Para el caso, tampoco había rastro de sus propias Reebok, hechas polvo.
Dan no recordaba que se hubieran despojado del calzado al entrar, pero si lo hicieron, sus zapatillas estarían en la sala de estar, la cual sí recordaba… vagamente. A lo mejor también estaba allí el bolso de la chica. Quizá él le había dado el dinero que le quedaba para que se lo guardara. Era improbable, pero no imposible.
Recorrió, con la cabeza palpitando, el corto pasillo hasta lo que suponía que era la única otra habitación del apartamento. En el lado más alejado había una cocina pequeña equipada con una placapara cocinar y una mininevera empotrada bajo la encimera. En la zona de estar había un sofá desangrándose con el relleno por fuera y apoyado en uno de los extremos en un par de ladrillos. Estaba frente a un televisor grande con una raja que surcaba el centro de la pantalla. La raja había sido remendada con una tira de cinta adhesiva de embalar que ahora colgaba de una esquina. Había un par de moscas pegadas a la cinta, una aún luchaba lánguidamente por liberarse. Dan la contempló con morbosa fascinación, reflexionando (no por primera vez) acerca de que el ojo resacoso posee una extraña capacidad para hallar los detalles más feos en cualquier paisaje.
Había una mesita de café delante del sofá. En ella, un cenicero lleno de colillas, una bolsita de plástico con cierre hermético que contenía polvo blanco y un ejemplar de la revista People con un poco de hierba esparcida sobre la portada. A su lado, completando el cuadro, un billete de dólar aún enrollado parcialmente. Ignoraba cuánto habrían esnifado, pero a juzgar por la cantidad que aún sobraba, podía despedirse de sus quinientos dólares.
Joder. Ni siquiera me gusta la coca. ¿Y cómo la esnifé? Si apenas puedo respirar.
No lo había hecho. Ella había esnifado. Él se la había frotado en las encías. Todo empezaba a volver. Habría preferido que se quedara lejos, pero ya era demasiado tarde.
Las moscas de muerte en el servicio, agolpándose dentro y fuera de la boca del señor Ejecutivo y sobre la superficie húmeda de sus ojos. El señor Traficante preguntándole a Dan qué miraba. Dan diciéndole que nada, no importaba, veamos qué tienes. Resultó que el señor Traficante tenía mucho.
Lo normal. Después vino el trayecto en otro taxi hasta la casa de la chica, Deenie ya esnifando en el dorso de la mano, demasiado golosa —o demasiado necesitada— para esperar. Los dos intentando cantar «Mr. Roboto».
Divisó las sandalias y sus Reebok justo en la puerta, y ahí llegaron más recuerdos dorados. Ella no se había quitado las sandalias de un puntapié, se limitó a dejarlas caer de sus pies, porque para entonces Dan tenía las manos firmemente plantadas en su trasero y ella le rodeaba la cintura con las piernas. Su cuello olía a perfume, su aliento a cortezas de cerdo con aroma a barbacoa. Habían engullido cortezas a puñados antes de pasar a la mesa de billar.
Dan se calzó las deportivas y cruzó hasta la cocina pensando que quizá habría café instantáneo en el único armario. No encontró café, pero vio el bolso de ella tirado en el suelo. Creyó recordarla lanzándolo al sofá y riéndose cuando falló. La mitad de las porquerías que llevaba se habían desparramado, incluida una cartera roja de imitación de cuero. Lo recogió todo y llevó el bolso a la cocina. Sabía de sobra que su dinero residía ahora en el bolsillo de los pantalones de diseño del señor
Traficante, pero una parte de él insistía en que tenía que quedar algo, aunque solo fuese porque necesitaba que quedara algo. Diez dólares llegarían para tres tragos o dos packs de seis cervezas, pero hoy iba a necesitar más que eso.
Pescó la cartera y la abrió. Contenía varias fotos: un par de Deenie con un individuo que se le parecía demasiado como para no ser un familiar, un par de Deenie con un bebé en brazos, una de
Deenie con el vestido del baile de promoción junto a un chico dientudo con un esmoquin azul espantoso. El compartimento para billetes abultaba. Eso le dio esperanza, hasta que lo abrió y vio un muestrario de cupones de comida. También había algunos billetes: dos de veinte y tres de diez.
Es mi dinero. Bueno, lo que queda de él.
Pero no se engañaba. Jamás le habría dado su paga semanal a un ligue colocado para que se la guardara. El dinero era de ella.
Sí, pero ¿la idea de la coca no había sido de Deenie? ¿No tenía ella la culpa de que esta mañana él estuviera arruinado y resacoso?
No. Tienes resaca porque eres un borracho. Estás arruinado porque viste las moscas de muerte. Quizá fuese cierto, pero si ella no hubiera insistido en ir a la estación de tren a pillar, nunca habría visto las moscas.
Quizá ella necesite esos setenta pavos para comprarse comida.
Claro. Un tarro de mantequilla de cacahuete y otro de mermelada de fresa. Y también una barra de pan para untar. Para el resto tenía cupones de comida.
O para el alquiler. Tal vez lo necesite para pagarlo.
Si necesitaba dinero para el alquiler, podía vender el televisor. Quizá su camello se lo comprara, con raja y todo. De todas formas, setenta dólares no cubrirían ni de lejos la renta de un mes, razonó, ni siquiera la de un agujero como ese.
No es tuyo, Doc. Era la voz de su madre, la última que necesitaba oír cuando padecía una resaca brutal y la desesperada urgencia de beber un trago.
—Que te den, mamá —masculló con voz queda pero sincera. Cogió el dinero, se lo metió en el bolsillo, devolvió la cartera al bolso y se dio media vuelta.
Allí de pie había un niño.
Aparentaba unos dieciocho meses de edad. Llevaba una camiseta de los Braves de Atlanta. Le caía hasta las rodillas, pero aun así el pañal quedaba a la vista, porque estaba cargado y le colgaba hasta los tobillos. El corazón le pegó un vuelco tremendo en el pecho y en su cabeza estalló un repentino y terrible ¡pum!, como si Thor la hubiera golpeado con su martillo. Por un instante estuvo completamente seguro de que sufriría un derrame cerebral, un ataque al corazón, o ambos.
Entonces respiró hondo y espiró.
—¿De dónde sales tú, héroe?
—Mamá —dijo el niño.
Cosa que en cierto modo era perfectamente lógica —Dan también había salido de su madre— pero que no ayudaba. Una terrible deducción intentaba formarse en su palpitante cabeza, pero no quería nada que tuviera que ver con ella.
Te ha visto coger el dinero.
Quizá sí, pero esa no era la deducción. Si el niño lo había visto, ¿qué? No tenía ni dos años. Los críos de esa edad aceptaban todo cuanto los adultos hacían. Si viera a su madre caminando por el techo y disparando fuego por los dedos, lo aceptaría.
—¿Cómo te llamas, chico? —Su voz palpitaba en sintonía con su corazón, que aún no se había calmado.
—Mamá.
¿En serio? Los demás chavales se van a reír de lo lindo cuando vayas al instituto.
—¿Vives en el apartamento de al lado, o enfrente?
Por favor, di que sí. Porque aquí está la deducción: si es hijo de Deenie, entonces ella se fue de
bares y lo dejó encerrado en este apartamento de mierda. Solo.
—¡Mamá!
Entonces el niño divisó la coca en la mesita de café y trotó hacia ella, con la entrepierna empapada
y su pañal balanceándose.
—¡Suca!
—No, no es azúcar —dijo Danny, aunque, por supuesto, lo pronunció como «noeg asúgar».
Sin prestar atención, el niño echó mano al polvo blanco. Al hacerlo, Dan advirtió moratones en su brazo, la clase de marca que deja una mano al apretar.
Agarró al niño por la cintura y entre las piernas. Mientras lo levantaba y lo apartaba de la mesita (el pis rezumaba del pañal empapado y se escurría entre sus dedos), la cabeza de Dan se llenó con unaimagen breve pero terriblemente nítida: el doble de Deenie en la foto de la cartera, levantando y zarandeando al niño. Dejando las marcas de sus dedos.
(Eh, Tommy, ¿qué parte de «lárgate de una puta vez» no has entendido?)
(Randy, no, es solo un bebé)
Entonces desapareció. Pero aquella segunda voz, débil y desaprobatoria, pertenecía a Deenie, y comprendió que Randy era su hermano mayor. Tenía sentido. El maltratador no siempre era el novio.
A veces era el hermano, otras veces el tío. A veces (sal aquí mocoso de mierda sal aquí a tomar tu medicina) era incluso el bueno de papá.
Llevó al bebé —Tommy, se llamaba Tommy— al dormitorio. El niño vio a su madre y de inmediato empezó a revolverse.
—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mamá!
Después de que Dan lo dejara en el suelo, Tommy trotó hasta el colchón y gateó al lado de su madre. Aún dormida, Deenie lo rodeó con el brazo y lo atrajo hacia sí. La camiseta de los Braves se levantó y Dan vio más moratones en las piernas del niño.
El hermano se llama Randy. Podría dar con él.
Este pensamiento fue tan frío y claro como un lago helado en enero. Si tocaba la foto de la cartera y se concentraba, ignorando el martilleo de su cabeza, probablemente podría localizar al hermano mayor. Ya había hecho cosas así antes.
Podría dejarle unos cuantos moratones de mi parte. Decirle que la próxima vez lo mataría.
Solo que no iba a haber una próxima vez. Wilmington había acabado. Nunca más volvería a ver a
Deenie ni ese patético apartamento. Nunca más volvería a pensar en la noche anterior ni en esa mañana.
Esta vez oyó la voz de Dick Hallorann. No, pequeño. Quizá puedas guardar las cosas del Overlook en cajas de seguridad, pero no los recuerdos. Esos nunca. Son los verdaderos fantasmas.
Se detuvo en la puerta, mirando a Deenie y a su hijo amoratado. El niño había vuelto a dormirse, y a la luz del sol matinal, los dos parecían casi angelicales.
Ella no es ningún ángel. Puede que ella no le hiciera esos moratones, pero se fue de fiesta y lo dejó solo. Si tú no hubieras estado aquí cuando se despertó y entró en el cuarto de estar…
Suca, había dicho el niño, echando mano a la droga. No estaba bien. Era preciso hacer algo.
Quizá, pero yo no. Tendría gracia que me presentara con esta cara en el Departamento de Servicios
Sociales para denunciar una negligencia infantil, ¿verdad? Y apestando a alcohol y a vomitona. Un ciudadano honrado que cumple con su deber cívico.
Devuélvele el dinero, sugirió Wendy. Es lo menos que puedes hacer.
Estuvo a punto. De veras. Lo sacó del bolsillo y lo tuvo ahí mismo en la mano. Incluso se acercó a donde estaba el bolso, y el paseo debió de sentarle bien, porque se le ocurrió una idea.
Si tienes que llevarte algo, llévate la coca. Puedes sacar cien pavos por lo que queda. A lo mejor hasta doscientos, si no está demasiado aplastada.
Solo que si su comprador potencial resultaba ser de narcóticos —sería su suerte—, acabaría en la cárcel, porque lo condenarían por cualquier estupidez que hubiera cometido en el Milky Way. El dinero era mucho más seguro. Setenta dólares en total.
Lo dividiré, decidió. Cuarenta para ella y treinta para mí.
Solo que treinta le servirían de poco. Además, estaban los cupones de comida, un fajo lo bastante grande como para atragantar a un caballo. Le bastarían para dar de comer al crío, ¿verdad?
Cogió la coca y la revista People cubierta de polvo y lo dejó todo en la encimera de la cocina, fueradel alcance del niño. Había un estropajo en el fregadero y lo usó para limpiar los restos de la mesita de café. Se decía a sí mismo que si entretanto aparecía la chica, le devolvería su maldito dinero. Se decía que si continuaba durmiendo, se merecía lo que le pasara.
Deenie no apareció. Siguió roncando.
Dan terminó de limpiar, arrojó el estropajo de vuelta al fregadero y pensó brevemente en dejarle una nota. Pero ¿qué le diría? ¿Cuida mejor de tu hijo y, por cierto, me he llevado tu dinero?
Vale, nada de notas.
Se marchó con el dinero en el bolsillo izquierdo y tuvo cuidado en no dar un portazo al salir. Se dijo a sí mismo que estaba siendo considerado.


3

Alrededor de mediodía —el dolor de cabeza era una cosa del pasado gracias al Fioricet de Deenie seguido de un Darvon— se acercó a un establecimiento llamado Golden’s, Licores & Cervezas de
Importación. Se encontraba en la zona vieja de la ciudad, donde las tiendas eran de ladrillo, las aceras estaban en gran medida vacías y las casas de empeño (todas exhibiendo una admirable selección de navajas de afeitar) abundaban. Su intención era comprar una botella muy grande de un whisky muy barato, pero vio algo delante del escaparate que le hizo cambiar de opinión. Era un carrito de supermercado cargado con la disparatada mezcla de posesiones de un vagabundo. El tipo en cuestión estaba dentro de la tienda arengando al dependiente. Una manta, enrollada y atada con bramante, coronaba el carrito. Dan advirtió un par de manchas, pero en conjunto no tenía mala pinta. La cogió y se alejó rápidamente con ella bajo el brazo. Después de haberle robado setenta dólares a una madre soltera con un problema de abuso de estupefacientes, quitarle la alfombra mágica a un mendigo se le antojaba una minucia. Tal vez por eso se sintió más pequeño que nunca.
Soy el Increíble Hombre Menguante, pensó, doblando la esquina con su nuevo trofeo. Si robo un par de cosas más, me volveré completamente invisible.
Se preparó para oír los graznidos indignados del vagabundo —cuanto más locos estaban, más fuerte graznaban—, pero no los hubo. Una esquina más y podría felicitarse por una huida limpia.
Dan giró en la siguiente.


4

La noche lo pilló sentado en la boca de una enorme alcantarilla, en la pendiente que había bajo el puente Memorial del río Cape Fear. Tenía una habitación, pero estaba la pequeña cuestión del alquiler atrasado, que había prometido firmemente pagar a las cinco de la tarde del día anterior. Y eso no era todo. Si regresaba a su habitación, cabía la posibilidad de que lo invitaran a visitar cierto edificio municipal con aspecto de fortaleza en Bess Street para ser interrogado sobre cierto altercado en un bar. En conjunto, parecía más seguro mantenerse alejado.
Había un refugio en el centro llamado Casa de la Esperanza (que los borrachos llamaban Casa de los
Desesperados), pero Dan no tenía intención de acudir allí. Podías dormir gratis, pero si te encontraban una botella, te la quitaban. Wilmington estaba lleno de albergues de una noche y moteles baratos donde a nadie le importaba una mierda lo que bebieras, esnifaras o te inyectaras, pero ¿por qué malgastar el dinero en una cama y un techo con un tiempo tan cálido y seco? Se preocuparía de las camas y los techos cuando se dirigiera al norte, sin olvidar recuperar sus pocas pertenencias de lahabitación de Burney Street sin que su casera lo advirtiera.
La luna se elevaba sobre el río. La manta estaba extendida a su espalda. Pronto se tumbaría en ella, se envolvería como una crisálida y dormiría. Había alcanzado un nivel de embriaguez lo bastante alto como para sentirse feliz. El despegue y el ascenso habían sido duros, pero ahora todas las turbulencias de baja altitud quedaban detrás. Suponía que no llevaba lo que la América de moral recta denominaría una vida ejemplar, pero por el momento todo iba bien. Tenía una botella de Old Sun (comprada en una licorería a una distancia prudencial de Golden’s Discount) y medio bocadillo para el desayuno del día siguiente. El futuro se presentaba nublado, pero esa noche brillaba la luna. Todo era como debía ser.
(Suca)
De repente el niño estuvo con él. Tommy. Ahí mismo. Echando mano a la droga. Moratones en subrazo. Ojos azules.
(Suca)
Vio todo eso con una espantosa claridad que nada tenía que ver con el resplandor. Y más. Deenie tumbada de espaldas, roncando. La cartera roja de imitación de cuero. El fajo de cupones de comida con el sello del MINISTERIO DE AGRICULTURA DE EE.UU. impreso. El dinero. Los setenta dólares. Que él se había llevado.
Piensa en la luna. Piensa en lo tranquila que parece elevándose sobre el agua.
Sirvió durante un rato, pero entonces vio a Deenie tumbada de espaldas, la cartera roja de imitación de cuero, el fajo de cupones de comida, el irrisorio dinero arrugado (gran parte del cual ya había desaparecido). Lo que vio con mayor claridad fue al niño buscando la droga con una mano que parecía una estrella de mar. Ojos azules. Brazo amoratado.
Suca, dijo.
Mamá, dijo.
Dan había aprendido el truco de racionar los tragos; de ese modo el alcohol duraba más, el colocón era más relajado y al día siguiente la jaqueca era más leve y llevadera. A veces, sin embargo, la medición fallaba. Cosas que pasaban. Como en el Milky Way. Aquello había sido más o menos un accidente, pero lo de esta noche, acabarse la botella de cuatro tragos, había sido a propósito. La mente era una pizarra. La bebida, el borrador.
Se tumbó y se envolvió con la manta robada. Esperó a que llegara la inconsciencia, y así ocurrió, pero Tommy llegó primero. Camiseta de los Braves de Atlanta. Pañal caído. Ojos azules, brazo amoratado, mano cual estrella de mar.
Suca. Mamá.
Jamás hablaré de esto, se dijo. Con nadie.
Mientras la luna se elevaba sobre Wilmington, Carolina del Norte, Dan Torrance sucumbió a la inconsciencia. Tuvo sueños del Overlook, pero no los recordaría al despertar. Lo que recordó al despertar fueron los ojos azules, el brazo amoratado, la mano extendida.
Consiguió recuperar sus pertenencias y se dirigió al norte, primero al estado de Nueva York, luego a
Massachusetts. Transcurrieron dos años. A veces ayudaba a la gente, principalmente a ancianos. Tenía una manera de hacerlo. En demasiadas noches de borrachera, el niño era su último pensamiento y el primero que acudía a su mente a la mañana siguiente. Era en el niño en quien siempre pensaba cuando se decía a sí mismo que iba a dejar la bebida. Quizá la semana siguiente; el mes que viene seguro. El niño. Los ojos. El brazo. La mano extendida cual estrella de mar.
Suca.
Mamá.

PRIMERA PARTE
ABRACAPÍTULO UNO

BIENVENIDO A TEENYTOWN


1

Después de Wilmington, dejó de beber a diario.
Pasaba una semana, a veces dos, sin tomar nada más fuerte que refrescos bajos en calorías.
Despertaba sin resaca, y eso era bueno. Despertaba sediento y abatido —anhelante—, y eso no lo era.
Entonces llegaba una noche o un fin de semana. A veces el detonante era un anuncio de Budweiser en la televisión: jóvenes sanos sin rastro de barriga bebiéndose una cerveza bien fría después de un enérgico partido de voleibol. A veces era ver a un par de mujeres atractivas tomando una copa después del trabajo en la terraza de alguna agradable cafetería, un sitio con nombre francés y un montón de plantas colgantes. Las bebidas eran siempre de las que venían con sombrillitas. A veces era una canción en la radio. Una vez fue Styx cantando «Mr. Roboto». Cuando estaba en dique seco, permanecía completamente seco. Cuando bebía, bebía hasta emborracharse. Si despertaba junto a una mujer, pensaba en Deenie y en el niño de la camiseta de los Braves. Pensaba en los setenta dólares.
Pensaba incluso en la manta robada que dejó abandonada en la alcantarilla. Quizá siguiera allí. En tal caso, ya habría enmohecido.
A veces se emborrachaba y faltaba al trabajo. Lo mantenían una temporada —era bueno en lo que hacía—, pero al final llegaba el día. Cuando lo despedían, decía muchas gracias y se subía a un autobús. Wilmington se convirtió en Albany y Albany dio paso a Utica. Utica se convirtió en New
Paltz. New Paltz dio paso a Sturbridge, donde se emborrachó en un concierto de folk al aire libre y al día siguiente despertó en la cárcel con una muñeca rota. A continuación fue Weston y después una residencia en Martha’s Vineyard y, bueno, ese curro no duró nada. El tercer día la enfermera jefe detectó el alcohol en su aliento y el resultado fue «Adiós, muy buenas, no me gustaría ser tú». En una ocasión se cruzó en el camino del Nudo Verdadero sin percatarse, al menos en la parte superior de su mente, aunque en las profundidades —en la parte que resplandecía— notó algo. Un hedor, marchito y desagradable, como el olor a goma quemada en un tramo de autopista donde se hubiera producido un accidente momentos antes.
De Martha’s Vineyard tomó un autobús a Newburyport. Allí encontró trabajo en un hogar de veteranos que apenas importaba una mierda a casi nadie, la clase de lugar donde viejos soldados eran a veces abandonados en una silla de ruedas a la puerta de consultorios vacíos hasta que sus bolsas de orina se desbordaban. Un sitio asqueroso para los pacientes, un poco mejor para aquellos que la cagaban con frecuencia, como él mismo, aunque Dan y unos pocos más hacían cuanto podían por los viejos soldados. Incluso ayudó a partir a un par de ellos cuando les llegó su hora. Ese empleo duró una temporada, el tiempo suficiente para que el Presidente del Saxofón cediera las llaves de la Casa
Blanca al Presidente Cowboy.
Dan se emborrachó varias noches durante su estancia en Newburyport, pero siempre cuando libraba al día siguiente, así que no había problema. Después de una de estas minijuergas se despertó pensando: Por lo menos le dejé los cupones de comida. Esto le hizo recordar aquellos presentadores del concurso de la tele.
Lo siento, Deenie, has perdido, pero nadie se va con las manos vacías. ¿Qué tenemos para ella,
Johnny?Bueno, Bob, Deenie no ha ganado dinero, pero se lleva nuestro nuevo juego de mesa, varios gramos de cocaína, ¡y un gran fajo de CUPONES DE COMIDA!
Lo que ganó Dan fue un mes entero sin alcohol. Lo hizo, supuso, como una extraña forma de penitencia. Más de una vez se le ocurrió que, si hubiera sabido la dirección de Deenie, hacía tiempo que le habría enviado aquellos setenta dólares de mierda. Le habría enviado el doble si con ello hubiera podido poner fin a los recuerdos del niño de la camiseta de los Braves y la mano extendida como una estrella de mar. Pero no sabía su dirección, así que se mantenía sobrio para compensar.
Fustigándose. En dique seco.
Entonces una noche pasó por delante de un establecimiento de bebidas que se llamaba Fisherman’s
Rest y por la ventana divisó a una atractiva rubia sentada sola en la barra. Llevaba una falda de cuadros escoceses que le tapaba medio muslo y parecía solitaria, y él entró y resultó que estaba recién divorciada, vaya, qué lástima, y quizá le apetecería algo de compañía, y tres días más tarde despertó con el viejo agujero negro de siempre en su memoria. Acudió al centro de veteranos donde había estado fregando suelos y cambiando bombillas, esperando una oportunidad, pero nada de nada. Apenas importar una mierda a casi nadie no era exactamente lo mismo que no importar una mierda a nadie; se parecía pero no. Al marcharse con las pocas cosas que guardaba en su taquilla, recordó una vieja frase de Bobcat Goldthwaite: «Mi trabajo seguía allí, pero lo estaba haciendo otro». Así pues, subió a otro autobús, este con destino a New Hampshire, pero antes de montar compró un envase de cristal que contenía un líquido tóxico.
Se sentó atrás del todo, en el Asiento del Borracho, el situado junto al servicio. La experiencia le había enseñado que si pretendías agarrarte un pedo durante un viaje en autobús, ese asiento era el indicado. Echó mano a la bolsa de papel marrón, desenroscó el tapón del envase de cristal que contenía el líquido tóxico y percibió su olor pardusco. Ese olor podía hablar, aunque solo tenía una cosa que decir: Hola, viejo amigo.
Pensó: Suca.
Pensó: Mamá.
Pensó que Tommy ya iría al colegio. Eso suponiendo que el bueno de tío Randy no lo hubiera matado.
Pensó: El único que puede ponerle freno eres tú.
La idea se le había ocurrido muchas veces antes, pero ahora le siguió una nueva: No tienes que vivir así si no quieres. Puedes, claro… pero no tienes por qué.
Esa voz era tan extraña, tan distinta de las que intervenían en sus acostumbrados diálogos mentales, que al principio creyó que había interceptado la voz de otra persona: podía hacerlo, aunque ya raramente captaba transmisiones sin invitación. Había aprendido a acallarlas. No obstante, recorrió el pasillo con la mirada, estaba casi seguro de que vería a alguien observándole. Nadie lo miraba. La gente dormía, hablaba con su compañero de viaje o contemplaba el día gris de Nueva Inglaterra.
No tienes que vivir así si no quieres.
Ojalá fuera cierto. Sin embargo, enroscó el tapón de la botella y la dejó en el asiento de al lado. La cogió dos veces. La primera vez volvió a dejarla donde estaba. La segunda vez metió la mano dentro de la bolsa y desenroscó el tapón, pero en ese momento el autobús paró en el área de bienvenida a New
Hampshire nada más cruzar la frontera del estado. Dan desfiló hacia el Burger King con el resto de los pasajeros y solo se detuvo el tiempo necesario para tirar la bolsa de papel en un contenedor de basura.
Estampadas en un lado del cubo verde se leían las palabras SI YA NO LO NECESITA, DÉJELO AQUÍ.
Estaría bien, ¿no?, pensó Dan, oyendo el choque al caer. Dios, sí que estaría bien.
 
2

Una hora y media más tarde, el autobús pasó junto a una señal que decía ¡BIENVENIDOS A FRAZIER,
DONDE HAY UNA RAZÓN PARA CADA ESTACIÓN! Y, debajo, ¡HOGAR DE LA VILLA TEENYTOWN!
El autobús se detuvo en el Centro Comunitario de Frazier para recoger a más pasajeros, y desde el asiento vacío al lado de Dan, donde la botella había descansado durante la primera parte del viaje,
Tony le habló. Era esta una voz que Dan reconoció, aunque Tony no se había manifestado con tanta claridad desde hacía años. (este es el sitio)
Es tan bueno como cualquier otro, pensó Dan.
Agarró su macuto de lona de la rejilla superior y bajó. Parado en la acera, observó cómo el autobús se alejaba. Hacia el oeste, las Montañas Blancas serraban el horizonte. En todos sus vagabundeos había evitado las montañas, especialmente los monstruos dentados que dividían el país en dos. Pensó:
Al final he vuelto a una región alta. Supongo que siempre lo supe. Sin embargo, esas montañas eran más suaves que las que en ocasiones todavía rondaban sus sueños, y creyó que podría vivir con ellas, al menos por una temporada. Eso si conseguía dejar de pensar en el niño de la camiseta de los Braves, claro. Si conseguía dejar de beber. Llegaba un momento en que uno se daba cuenta de que seguir moviéndose era inútil. Que uno carga consigo mismo allá adonde vaya.
Una ráfaga de nieve, fina como el encaje de un vestido de novia, danzó en el aire. Vio que las tiendas alineadas a lo largo de la amplia calle principal estaban pensadas para los esquiadores que llegaban en diciembre y los veraneantes que llegaban en junio. Probablemente habría también turistas que iban allí a mirar la caída de las hojas en septiembre y octubre, pero ahora el asunto era qué pasaba en primavera en la Nueva Inglaterra septentrional, ocho crispadas semanas cromadas de frío y humedad. Por lo visto, Frazier aún no había determinado una razón para esta estación, porque la avenida principal —Cranmore Avenue— se hallaba más bien desierta.
Dan se echó el macuto al hombro y se encaminó hacia el norte. Se detuvo delante de una verja de hierro forjado a contemplar una casa victoriana flanqueada a ambos lados por dos edificios más recientes de ladrillo. Estaban conectados a la construcción principal por corredores cubiertos. En el lado izquierdo de la mansión se erguía un torreón, pero no así en el derecho, lo que le daba un aspecto curiosamente desequilibrado que en cierto modo le gustó. Era como si esa gran anciana estuviera diciendo: Sí, una parte de mí se derrumbó, pero qué cojones. Algún día también te pasará a ti. Empezó
a sonreír. De pronto se le congeló la sonrisa.
Tony se encontraba en la ventana de la habitación del torreón, observándole. Vio que Dan alzaba la mirada y le saludó con la mano. El mismo saludo solemne que Dan recordaba de su infancia, cuando
Tony se presentaba a menudo. Dan cerró los ojos y al poco los abrió. Tony se había ido. Quizá nunca estuvo ahí, ¿cómo podría estar ahí? La ventana estaba entablada.
El letrero en el jardín, letras doradas sobre un fondo verde del mismo tono que la casa, decía:
RESIDENCIA HELEN RIVINGTON.
Tienen un gato, pensó. Una gata gris llamada Audrey.
Resultó ser en parte correcto y en parte erróneo. Había un felino, sí, y de color gris, pero era un macho castrado y no se llamaba Audrey.
Dan se quedó mirando el letrero un buen rato —el suficiente para que las nubes se abrieran y enviaran un haz bíblico de luz— y después continuó caminando. Aunque el sol brillaba ahora lo bastante como para arrancar destellos cromados de los pocos vehículos aparcados en batería delantedel Olympia Sports y del Fresh Day Spa, la nieve seguía arremolinándose, lo que le llevó a recordar algo que su madre le había dicho en una primavera con condiciones semejantes, tiempo atrás, cuando vivían en Vermont: El diablo está azotando a su mujer.


3

A un par de manzanas de la residencia de cuidados paliativos, Dan volvió a pararse. Frente al edificio del Ayuntamiento se hallaba el parque público de Frazier. En menos de una hectárea de extensión, casi media de césped que apenas empezaba a verdecer, había un quiosco de música, un campo de softball, media pista pavimentada de baloncesto, mesas de picnic, incluso un minigolf. Todo muy bonito, pero lo que le interesaba era un cartel en el que se leía:

VISITEN TEENYTOWN
LA «PEQUEÑA MARAVILLA» DE FRAZIER
¡NO SE PIERDAN SU FERROCARRIL!

No hacía falta ser un genio para ver que Teenytown era una reproducción en miniatura de Cranmore
Avenue. Estaba la iglesia metodista por la que había pasado, con su campanario alzándose a más de dos metros de altura; estaba el Music Box Theater; la heladería Spondulicks; la librería Mountain
Books; la tienda de ropa Shirts & Stuff; la Galería Frazier, Especialistas en Bellas Artes. Incluía también una miniatura perfecta, a la altura de la cintura, de la Residencia Helen Rivington y su único torreón, aunque los dos edificios de ladrillo a los lados se habían omitido. Tal vez, especuló Dan, porque eran feos como el culo, más si los comparabas con la pieza central.
Más allá de Teenytown había un tren en miniatura con la leyenda FERROCARRIL TEENYTOWN pintada en unos vagones que seguramente serían demasiado pequeños para acoger a nadie mayor que un niño de uno o dos años. Un penacho de humo salía de la chimenea de una locomotora rojo brillante del tamaño de una motocicleta Honda Gold Wing. Pudo oír el rumor de un motor diésel. Estampado en el costado de la máquina, con anticuadas letras doradas despintadas, el nombre HELEN RIVINGTON. La mecenas de la ciudad, supuso Dan. En algún lugar de Frazier probablemente habría también una calle en su honor.
Permaneció donde estaba durante unos instantes, aunque el sol se había ocultado de nuevo y el día se había vuelto más frío, hasta el punto de que podía ver su aliento. De niño siempre había querido un tren eléctrico y nunca tuvo uno. En Teenytown había una versión jumbo que encantaría a niños de todas las edades.
Se cambió el macuto al otro hombro y cruzó la calle. Volver a oír a Tony —y verlo— resultaba perturbador, pero en ese instante se alegraba de haberse detenido allí. Quizá ese fuera el lugar que había estado buscando, el lugar donde hallaría por fin una manera de enderezar una vida peligrosamente torcida.
Uno carga consigo mismo allá adonde vaya.
Empujó el pensamiento al interior de un armario mental, una habilidad que dominaba. Había toda clase de cosas en ese armario.


4
 Un carenado rodeaba la locomotora por ambos lados, pero divisó una banqueta bajo un alero de la estación de Teenytown, la arrimó y se subió en ella. La cabina del maquinista contaba con dos asientos ergonómicos tapizados en piel de oveja. Dan pensó que tenían pinta de proceder del desguace de un viejo muscle car de Detroit. Los paneles y controles también parecían piezas modificadas de automóviles, con la excepción de una anticuada palanca de cambios con forma de Z que sobresalía del suelo. No había ningún patrón de marchas; el puño original se había reemplazado por una calavera sonriente con un pañuelo rojo que años de manoseo habían descolorido hasta un pálido rosa. La mitad superior del volante estaba recortada, de manera que lo que quedaba parecía el timón de un aeroplano ligero. Pintado de negro en el tablero de mandos, desvaído pero legible, había un aviso: VELOCIDAD
MÁXIMA 65 NO REBASAR.
—¿Te gusta? —La voz provenía justo de detrás de él.
Dan giró en redondo, casi se cae de la banqueta al hacerlo. Una mano grande y curtida lo impidió asiéndolo por el antebrazo. Era un individuo que aparentaba cincuenta y muchos o sesenta y pocos, llevaba una chaqueta vaquera forrada de borrego y una gorra de caza roja de cuadros con las orejeras bajadas. En la mano libre sostenía una caja de herramientas con una etiqueta de Dymo en la tapa en la que ponía PROPIEDAD DEL AYUNTAMIENTO DE FRAZIER.
—Eh, lo siento —dijo Dan, bajando de la banqueta—. No quería…
—No pasa nada. La gente se para a mirar a todas horas. La mayoría son aficionados a las maquetas de trenes. Para ellos es como un sueño hecho realidad. No dejamos que se acerquen en verano, cuando esto está abarrotado y el Riv circula cada hora o así, pero en esta época del año solo estoy yo. Y no me importa. —Le tendió la mano—. Billy Freeman. Servicio municipal de mantenimiento. El Riv es mi niña.
Dan estrechó la mano que le ofrecía.
—Dan Torrance.
Billy Freeman se fijó en el macuto.
—Imagino que acabas de bajar del autocar. ¿O viajas a dedo?
—En autobús —aclaró Dan—. ¿Qué motor tiene ese trasto?
—Bueno, eso es interesante. Seguramente nunca has oído hablar del Chevrolet Veraneio.
No, pero de todos modos lo conocía. Porque Freeman lo conocía. Dan no creía haber experimentado un destello tan nítido en años. Trajo consigo un fantasma de gozo que se remontaba a su primera infancia, antes de descubrir lo peligroso que el resplandor podía ser.
—Un modelo brasileño del Suburban, ¿no? Turbodiésel.
Las pobladas cejas de Freeman se arquearon de súbito y el hombre sonrió.
—¡Sí, señor! Casey Kingsley, el jefe, lo compró en una subasta el año pasado. Es una máquina. Tira como un cabrón. El panel de instrumentos también es de un Suburban. Los asientos los puse yo mismo.
El resplandor se estaba apagando, pero Dan captó un último detalle.
—De un GTO Judge.
Freeman sonrió satisfecho.
—Correcto. Los encontré en un basurero en la carretera de Sunapee. La palanca de cambios es de un
Mack de 1961. Nueve velocidades. Está bien, ¿eh? ¿Buscas trabajo o solo mirabas?
Dan parpadeó ante el repentino cambio de rumbo en la conversación. ¿Buscaba trabajo? Suponía que sí. La residencia por la que había pasado en su deambular por Cranmore Avenue sería el lugar lógico por donde empezar, y pensó —ignoraba si era el resplandor o una intuición normal y corriente
— que necesitarían personal, pero no estaba seguro de querer ir allí en ese momento. Ver a Tony en laventana del torreón le había perturbado.
Además, Danny, querrás distanciarte un poco más de la última vez que bebiste antes de presentarte allí para solicitar empleo. Aunque lo único que te ofrezcan sea pasar la mopa en el turno de noche.
La voz de Dick Hallorann. Dios santo. Dan llevaba mucho tiempo sin pensar en Dick. Quizá desde
Wilmington.
Con la llegada del verano —una estación para la que sin duda Frazier tenía una razón— en la ciudad se contrataría a gente para toda clase de tareas. Pero si tenía que elegir entre un Chili’s en el centro comercial y Teenytown, desde luego optaría por el pueblo en miniatura. Abrió la boca para contestar a la pregunta de Freeman, pero Hallorann se le adelantó antes de que pudiera hablar.
Estás acercándote a los treinta, pequeño. Puede que se te estén agotando las oportunidades.
Entretanto, Billy Freeman le observaba con descarada y genuina curiosidad.
—Sí —dijo Dan—. Busco trabajo.
—El trabajo en Teenytown duraría mucho tiempo, ¿sabes? En cuanto llega el verano y termina el colegio, el señor Kingsley contrata a gente de aquí, la mayoría de entre dieciocho y veintidós años. Es lo que quieren los concejales. Además, los chavales salen baratos. —Sonrió, revelando la ausencia de un par de dientes—. De todas formas, hay lugares peores para ganarse unos pavos. Trabajar al aire libre no parece tan bueno hoy, pero este frío ya no durará mucho.
No, no duraría. Lonas impermeabilizadas cubrían gran cantidad de elementos del parque, pero pronto se retirarían y quedaría a la vista la superestructura del veraneo de pueblo: puestos de perritos calientes, carritos de helados, algo circular que a Dan le pareció un tiovivo. Y estaba el tren, por supuesto, el de los vagones diminutos y el potente motor turbodiésel. Si se mantenía alejado de la bebida y demostraba ser digno de confianza, Freeman o el jefe —Kingsley— tal vez le dejaran conducir la locomotora un par de veces. Eso le gustaría. Más adelante, cuando el ayuntamiento contratara a los chicos del pueblo, le quedaría la residencia de cuidados paliativos.
Si decidía quedarse, claro.
Más vale que te quedes en algún sitio, dijo Hallorann; por lo visto, era el día de Dan para oír voces y ver visiones. Más vale que te quedes en algún sitio pronto, o no podrás quedarte en ninguna parte.
Se sorprendió a sí mismo riéndose.
—Suena muy bien, señor Freeman. Suena realmente bien.


5
—¿Tienes experiencia en mantenimiento de parques? —preguntó Billy Freeman.
Caminaban despacio junto al tren. Los techos de los vagones le llegaban a Dan a la altura del pecho, lo que hacía que se sintiera como un gigante.
—Sé sembrar, plantar y pintar. Soy capaz de manejar un soplador de hojas y una motosierra. Puedo arreglar motores pequeños si el problema no es demasiado complicado. Y podría conducir un cortador de césped sin atropellar a ningún niño. El tren, bueno… no sé.
—Para eso necesitarías una autorización de Kingsley. Por el seguro y toda esa mierda. Escucha, ¿tienes referencias? El señor Kingsley no te contratará si no tienes.
—Algunas. He trabajado sobre todo de conserje y de celador de hospital. Señor Freeman…
—Llámame Billy.
—Este tren no parece que pueda llevar pasajeros, Billy. ¿Dónde se sientan?
Billy sonrió.—Espera aquí. A ver si esto te parece tan divertido como a mí. Yo nunca me canso.
Freeman regresó a la locomotora y se inclinó dentro. El motor, que había estado funcionando
 perezosamente al ralentí, empezó a revolucionar y a expulsar rítmicos chorros de humo oscuro. Un silbido hidráulico recorrió el Helen Rivington. De pronto los techos de los vagones de pasajeros y del furgón de cola amarillo —nueve coches en total— empezaron a levantarse. Dan pensó en las capotas de nueve descapotables idénticos subiendo al mismo tiempo. Se agachó para mirar por las ventanas y vio asientos de plástico duro a lo largo del centro de cada coche: seis en los vagones de pasajeros y dos en el furgón de cola. Cincuenta en total.
Cuando Billy regresó, Dan sonreía con ganas.
—Tu tren debe de tener una pinta muy rara cuando está lleno de pasajeros.
—Oh, sí. La gente se descojona y no para de sacar fotos. Mira, te lo enseñaré.
Había un escalón de acero al final de cada vagón. Billy subió a uno, avanzó por el pasillo y se sentó.
Una peculiar ilusión óptica le dotó de proporciones míticas. Saludó pomposamente a Dan, y este pudo imaginarse a cincuenta gigantes de Brobdingnag, convirtiendo en liliputiense el tren en que viajaban, abandonando majestuosos la estación de Teenytown.
Cuando Billy Freeman se levantó y se apeó del vagón, Dan aplaudió.
—Supongo que venderás algo así como un millón de postales entre el Homenaje a los Caídos y el día del Trabajo.
—Puedes apostarte el culo. —Billy rebuscó en el bolsillo de su chaqueta, sacó un maltratado paquete de cigarrillos Duke (una marca barata que Dan conocía bien, vendida en estaciones de autobuses y tiendas de conveniencia de toda Norteamérica) y se lo tendió. Dan cogió uno y Billy le dio fuego.
—Más vale que lo disfrute mientras pueda —comentó Billy mirando su pitillo—. Dentro de no muchos años prohibirán fumar aquí. La Asociación de Mujeres de Frazier ya habla de ello. Si te interesa mi opinión, no son más que un puñado de viejas, pero ya sabes lo que dicen: la mano que mece la jodida cuna es la mano que domina el jodido mundo. —Expulsó el humo por la nariz—.
Aunque, bueno, la mayoría de ellas no ha mecido una cuna desde que Nixon era presidente. Ni ha necesitado un Tampax, ya puestos.
—Es posible que no sea tan malo —dijo Dan—. Los niños copian lo que ven en sus mayores.
Pensó en su padre. Lo único que a Jack Torrance le gustaba más que una copa, había dicho su madre no mucho antes de morir, era una docena de copas. Claro que a Wendy lo que le gustaba era fumar, y fumar la había matado. En otro tiempo Dan se prometió que jamás caería en ese vicio. Había llegado a creer que la vida era una sucesión de irónicas emboscadas.
Billy Freeman le observaba, con un ojo entornado, prácticamente cerrado.
—A veces tengo intuiciones acerca de la gente, y contigo me ha pasado. —Hablaba con el característico acento de Nueva Inglaterra—. La tuve antes de que te dieras la vuelta y te viera la cara.
Creo que podrías ser la persona indicada para la limpieza de primavera que tengo prevista de aquí a finales de mayo. Esa es mi impresión, y confío en mi instinto. Seguramente será una locura.
A Dan no le pareció en absoluto una locura, y ahora entendía por qué había captado los pensamientos de Billy Freeman con tanta claridad, y sin intentarlo siquiera. Se acordó de algo que
Dick Hallorann le había dicho en una ocasión; Dick, que había sido su primer amigo adulto. Mucha gente tiene un poco de lo que yo llamo «el resplandor», pero en la mayoría de los casos solo es una chispa, la clase de intuición que les permite saber qué canción van a pinchar en la radio o que el teléfono va a sonar muy pronto.
Billy Freeman poseía esa pequeña chispa. Ese destello.—Supongo que es con ese Cary Kingsley con quien hay que hablar, ¿no?
—Casey, no Cary. Pero sí, él es tu hombre. Dirige los servicios municipales de este pueblo desde hace veinticinco años.
—¿Cuándo sería un buen momento?
—Pues yo diría que ahora mismo. —Billy señaló con la mano—. Ese montón de ladrillos al otro lado de la calle es el Ayuntamiento de Frazier. El señor Kingsley estará en el sótano, al final del pasillo. Sabrás que has llegado cuando oigas música disco saliendo del techo. En el gimnasio, los martes y los jueves hay clase de aerobic para mujeres.
—De acuerdo —dijo Dan—, pues eso voy a hacer.
—¿Llevas encima tus referencias?
—Sí. —Dan dio una palmada a su macuto, que había apoyado en la estación de Teenytown.
—Y no las has escrito tú mismo ni nada, ¿no?
Danny sonrió.
—No, son auténticas.
—Entonces ve a por él, tigre.
—Vale.
—Una cosa más —dijo Billy cuando Dan empezaba a alejarse—. Odia a muerte el alcohol. Si eres bebedor y te pregunta, te aconsejo que… mientas.
Dan asintió con la cabeza y levantó la mano para mostrar que entendía. Esa era una mentira que ya había contado antes.


6

A juzgar por su nariz surcada de venas, Casey Kingsley no siempre había odiado a muerte el alcohol.
Era un hombre grande que más que ocupar su pequeño y atestado despacho lo llevaba puesto. En ese momento, recostado en la butaca tras su escritorio, hojeaba las referencias de Dan, que guardaba pulcramente en una carpeta azul. La cabeza de Kingsley casi tocaba el travesaño inferior de un sencillo crucifijo de madera colgado en la pared junto a una fotografía enmarcada de su familia. En la imagen, un Kingsley más joven y delgado posaba con su esposa y sus tres hijos en bañador en una anónima playa. A través del techo, solo ligeramente amortiguado, llegaba el sonido de los Village
People cantando «YMCA» acompañado del entusiasta taconeo de numerosos pies. Dan pensó en un gigantesco ciempiés que hubiera ido recientemente a la peluquería local y llevara leotardos rojos de unos nueve metros de largo.
—Ajá —dijo Kingsley—. Ajá… sí… bien, bien, bien…
Había un tarro de cristal lleno de caramelos en una esquina de la mesa. Sin alzar la vista del delgado legajo de referencias de Dan, quitó la tapa, pescó uno y se lo echó a la boca.
—Sírvase —dijo.
—No, gracias —respondió Dan.
Un insólito pensamiento le vino a la mente. En otro tiempo su padre habría estado sentado en unaestancia similar a esa, mientras lo entrevistaban para el puesto de vigilante en el Hotel Overlook. ¿En qué habría pensado? ¿En que necesitaba realmente un empleo? ¿En que era su última oportunidad?
Quizá. Seguramente. Aunque, claro, Jack Torrance había sido rehén del destino. Dan no. Podría continuar vagando durante una temporada si esto no salía bien. O probar suerte en la residencia de cuidados paliativos. Pero… le gustaba el parque. Le gustaba el tren, que confería a los adultos elaspecto de Goliat. Le gustaba Teenytown, que era ridículo y alegre, y de algún modo valiente dentro de la prepotencia propia de los pueblos de Norteamérica. Y le gustaba Billy Freeman, que poseía una pizca de resplandor y probablemente no lo sabía.
En el piso de arriba, «I Will Survive» de Gloria Gaynor sustituyó a «YMCA». Como si hubiera estado esperando a una nueva canción, Kingsley devolvió las referencias de Dan al interior de la carpeta y las deslizó al otro lado de la mesa.
Me va a rechazar.
Sin embargo, tras un día de intuiciones certeras, esta erró por completo.
—Son excelentes, pero me parece que usted se sentiría más a gusto trabajando en el Hospital
Central de New Hampshire o en el centro de cuidados paliativos aquí en el pueblo. Hasta es posible que esté cualificado para trabajar en Home Helpers…, veo que tiene experiencia en medicina y primeros auxilios. Sabe cómo arreglárselas con un desfibrilador, según sus papeles. ¿Ha oído hablar de Home Helpers?
—Sí, y también pensé en la residencia de cuidados paliativos. Pero entonces vi el parque, y
Teenytown, y el tren.
Kingsley gruñó.
—Y seguro que no le importaría tener algún turno a los mandos, ¿verdad?
Dan mintió sin titubeos.
—No, señor, creo que eso no me atrae mucho. —Admitir que le gustaría sentarse en el asiento del
GTO desvalijado y posar sus manos en el volante recortado habría derivado casi con toda certeza en una charla sobre su carnet de conducir, después en una discusión acerca de cómo lo había perdido, y al cabo en una invitación para abandonar el despacho del señor Casey Kingsley en el acto—. Soy más de rastrillar y cortar el césped.
—También es más de empleos de corta duración, por lo que he visto en sus papeles.
—Pronto me estableceré en algún sitio. Ya he satisfecho en gran medida mi espíritu viajero, creo.
—Se preguntó si a Kingsley aquello le parecería una chorrada tan grande como se lo parecía a él.
—Un empleo temporal es lo único que puedo ofrecerle —dijo Kingsley—. Una vez que llegue el verano y cierren los colegios…
—Billy me lo ha comentado. Si decido quedarme cuando llegue el verano, probaré en la residencia.
De hecho, es posible que solicite un puesto antes, a menos que usted prefiera lo contrario.
—Me da igual una cosa que otra. —Kingsley le dirigió una mirada curiosa—. ¿Las personas moribundas no le incomodan?
Tu madre murió allí, pensó Danny. Al parecer, el resplandor no se había ido, después de todo; ni siquiera estaba oculto. Le estabas cogiendo la mano cuando partió. Se llamaba Ellen.
—No —respondió. A continuación, sin motivo alguno, añadió—: Todos somos moribundos. El mundo no es más que una residencia de cuidados paliativos con aire fresco.
—Encima, filósofo. Bueno, señor Torrance, creo que le voy a contratar. Confío en el buen juicio de
Billy, que muy rara vez se equivoca con la gente. Tan solo no llegue tarde, no llegue borracho, y no llegue con los ojos rojos y oliendo a hierba. Si pasa cualquiera de estas cosas, le pongo de patitas en la calle y carretera y manta, porque la Residencia Rivington no querrá saber nada de usted, yo me encargaría de ello. ¿Está claro?
Dan sintió una punzada de resentimiento (menudo empleaducho engreído) pero la suprimió. Era el terreno de juego de Kingsley y su pelota.
—Como el agua.—Puede empezar mañana, si le viene bien. Hay muchas casas de huéspedes en la ciudad. Haré un par de llamadas si quiere. ¿Puede permitirse pagar noventa dólares a la semana hasta que cobre el primer cheque?
—Sí. Gracias, señor Kingsley.
Este agitó una mano.
—Mientras tanto, le recomiendo el Red Roof Inn. Lo regenta mi ex cuñado, y le hará un buen precio. ¿Le parece?
—Me parece.
Todo había sucedido con notable celeridad, como cuando se está terminando un complicado rompecabezas de mil piezas. Dan se dijo que no confiara en la sensación.
Kingsley se levantó. Era un hombre grande y fue un proceso lento. Dan también se puso en pie, y cuando Kingsley le tendió un jamón de mano sobre la atestada mesa, Dan se la estrechó. Desde el piso de arriba llegaba ahora el sonido de KC and The Sunshine Band diciéndole al mundo que así era como les gustaba, oh-ho, ah-ha.
—Odio esa mierda de bailes —dijo Kingsley.
No, no es eso, pensó Danny. Lo que pasa es que te recuerdan a tu hija, la que ya no viene mucho por aquí porque todavía no te ha perdonado.
—¿Se encuentra bien? —preguntó Kingsley—. Está un poco pálido.
—Solo cansado. Ha sido un viaje largo en autobús.
El resplandor había regresado, y con intensidad. La pregunta era: ¿por qué ahora?


7

A los tres días de empezar a trabajar en el parque, días que Dan dedicó a pintar el quiosco de música y a barrer las últimas hojas muertas, Kingsley cruzó tranquilamente Cranmore Avenue y le informó de que tenía una habitación en Eliot Street, si le interesaba. Incluía cuarto de baño privado, con bañera y ducha. Ochenta y cinco a la semana. A Dan le interesaba.
—Pásate por allí a la hora del almuerzo —dijo Kingsley—. Pregunta por la señora Robertson. —Le apuntó con un dedo que mostraba las primeras nudosidades de la artritis—. Y no la cagues, muchacho, porque es una vieja amiga mía. Recuerda que respondo por ti basándome en unos documentos bastante escasos y la intuición de Billy Freeman.
Dan le aseguró que no la cagaría, pero la sinceridad adicional que procuró inyectar a su voz sonó fingida hasta a sus propios oídos. Volvió a pensar en su padre, obligado a suplicar trabajos a un viejo amigo rico después de perder su puesto de profesor en Vermont. A Dan le resultaba extraño compadecerse de él, cuando casi le había matado, pero la compasión estaba allí. ¿Consideró alguien que era necesario decirle a su padre que no la cagara? Probablemente. Aunque, por supuesto, Jack
Torrance la había cagado de todas formas. De manera espectacular. Cinco estrellas. La bebida había contribuido, sin duda, pero cuando estás por los suelos, algunos individuos parecen sentir el impulso de pisotearte la espalda y plantarte un pie en la nuca en lugar de ayudarte a sostenerte. Es una mierda, pero constituye una parte sustancial de la naturaleza humana. Claro que, cuando te codeas con los perros de los bajos fondos, principalmente encuentras dientes, garras y gilipollas.
—Y a ver si Billy te consigue unas botas de tu talla. Tiene como una docena de pares almacenados en el cobertizo de herramientas, aunque la última vez que miré solo la mitad emparejaban.
El día era soleado; el aire, cálido. Dan, que trabajaba en vaqueros y una camiseta de los Blue Sox deUtica, observó el cielo prácticamente despejado y luego retornó la mirada a Casey Kingsley.
—Sí, ya sé lo que parece, pero esta es una región montañosa, muchacho. La NOAA pronostica que va a entrar una tormenta por el norte y que caerán treinta centímetros. No durará mucho… la gente de
New Hampshire llama «fertilizante del pobre» a la nieve de primavera… pero habrá también un vendaval. Eso dicen. Espero que sepas usar un soplador de nieve igual de bien que uno de hojas. —
Hizo una pausa—. Además, espero que andes bien de la espalda, porque mañana tú y Billy tendréis que recoger un montón de ramas rotas. Y es posible que también algunos árboles caídos. ¿Sabes manejar una motosierra?
—Sí, señor —dijo Dan.
—Bien.


8

Dan y la señora Robertson alcanzaron un acuerdo amigable; ella incluso le ofreció un sándwich vegetal y una taza de café en la cocina común. Lo aceptó, esperando las habituales preguntas sobre qué asuntos le habían traído a Frazier y dónde había estado antes. Resultó refrescante que no hubiera ninguna. Le preguntó en cambio si disponía de tiempo para ayudarla a cerrar los postigos de las ventanas de la planta baja por si de verdad había lo que ella denominó «una tromba de viento». Dan accedió. Su vida no se guiaba por muchos lemas, pero uno era llevarse bien con la casera; nunca sabías cuándo tendrías que solicitar una prórroga en el pago del alquiler.
De regreso en el parque, Billy le esperaba con una lista de tareas. El día anterior los dos habían retirado las lonas de los columpios infantiles. Esa tarde volvieron a ponerlas y cerraron bien los diversos puestos y concesiones. El último trabajo del día consistió en aparcar el Riv en su hangar.
Después se sentaron a fumar en un par de sillas plegables junto a la estación de Teenytown.
—Te diré algo, Danno —comentó Billy—. Aquí tienes a un trabajador que está para el arrastre.
—No eres el único.
Sin embargo se sentía bien. Notaba un hormigueo por sus músculos y se encontraba ágil. Había olvidado lo bueno que podía ser el trabajo al aire libre cuando no tenías que quitarte una resaca de encima.
El cielo se había velado de nubes. Billy alzó la vista y lanzó un suspiro.
—Por Dios, espero que ni nieve ni el viento sople tan fuerte como dice la radio, pero no caerá esa breva. Te he encontrado unas botas. No parecen gran cosa, pero por lo menos casan.
Dan se llevó las botas cuando cruzó el pueblo hasta su nuevo alojamiento. Para entonces, el viento arreciaba y el día era cada vez más oscuro. Por la mañana parecía que se encontraran a las puertas del verano. Esa noche el aire estaba impregnado de una humedad heladora que presagiaba nieve. Las calles laterales se hallaban desiertas, y las casas, cerradas a cal y canto.
Dan dobló la esquina de Morehead Street con Eliot y se detuvo. Volando por la acera, acompañado por el esquelético retozar de las hojas otoñales del año anterior, el viento impulsaba un maltrecho sombrero de copa, como el que llevaría un mago. O quizá un actor en una antigua comedia musical, pensó. Mirarlo le provocó frío en los huesos, porque no estaba allí. En realidad no.
Cerró los ojos, contó despacio hasta cinco, con el viento azotando las perneras de sus vaqueros contra sus espinillas, y volvió a abrirlos. Las hojas seguían allí, pero el sombrero no. Había sido el resplandor, que había producido una de sus vívidas, inquietantes y generalmente absurdas visiones.
Siempre era más fuerte cuando había pasado algún tiempo sobrio, pero nunca tanto como desde quellegó a Frazier. Era como si el aire ahí fuese diferente. Más conductivo a esas extrañas transmisiones desde el Planeta Dondequiera. Especial.
Especial del mismo modo que el Overlook.
—No —dijo en voz alta—. No, no me lo creo.
Unas copas y todo desaparecerá, Danny. ¿Eso te lo crees?
Por desgracia, sí.


9

La pensión de la señora Robertson era una laberíntica casa de estilo colonial, y la habitación de Dan en el tercer piso ofrecía una vista de las montañas al oeste. Un paisaje del que bien habría podido prescindir. Sus recuerdos del Overlook se habían degradado a un nebuloso gris en el transcurso de los años, pero mientras desempaquetaba sus pocas pertenencias, un recuerdo afloró… emergió, en cierta manera, como un nauseabundo elemento orgánico (el cuerpo en descomposición de un animal pequeño, digamos) subiendo a la superficie de un profundo lago.
Al atardecer tuvo lugar la primera nevada de verdad. Nos quedamos mirando en el porche de aquel viejo hotel vacío, papá en el centro, mamá a un lado, yo al otro. Papá nos rodeaba con los brazos.
Entonces todo iba bien. Entonces no bebía. Al principio, la nieve caía en líneas perfectamente rectas, pero luego se levantó viento y empezó a hacerlo de lado, acumulándose en los laterales del porche y cubriendo esos…
Intentó bloquearlo, pero surgió.
… esos setos con forma de animales. Esos que a veces se movían cuando no los mirabas.
Se apartó de la ventana, tenía la piel de gallina. Se había comprado un sándwich en la tienda Red
Apple y planeaba comérselo mientras comenzaba a leer el libro de bolsillo de John Sandford que también había conseguido en Red Apple, pero tras unos bocados envolvió de nuevo el bocadillo y lo dejó en el alféizar de la ventana, donde se mantendría frío. Quizá comiera el resto más tarde, aunque dudaba que esa noche siguiera despierto mucho después de las nueve; si conseguía avanzar cien páginas en la lectura, sería todo un logro.
Fuera, el viento continuaba arreciando. De vez en cuando lanzaba espeluznantes aullidos bajo los aleros que le hacían levantar la vista del libro. Hacia las ocho y media empezó a nevar. La nieve, húmeda y gruesa, cubrió rápidamente la ventana y tapó la vista de las montañas. En cierto sentido, eso fue peor. La nieve también había bloqueado las ventanas del Overlook. Primero solo las de la planta baja… luego las del segundo piso… y finalmente las del tercero.
Entonces habían quedado sepultados con los muertos vivientes.
Mi padre pensaba que lo harían director. Lo único que debía hacer era mostrar su lealtad… entregándoles a su hijo.
—Su unigénito —murmuró Dan, y seguidamente miró alrededor como si alguien más hubiera hablado… y, en efecto, no se sentía solo. No del todo. El viento volvió a aullar contra el costado del edificio y se estremeció.
No es demasiado tarde para bajar otra vez a la Red Apple. Pilla una botella de algo y manda a dormir a todos esos desagradables pensamientos.
No. Iba a leer el libro. Lucas Davenport llevaba el caso, y él iba a leer el libro.
Lo cerró a las nueve y cuarto y se tumbó en la cama. No podré dormir, pensó. Con el viento gritando así, imposible.Pero se durmió.


10

Sentado en la boca de la alcantarilla, miraba una pendiente cubierta de maleza a la orilla del río CapeFear y el puente que lo cruzaba. Era una noche clara de luna llena. No había viento, ni nieve. Y el Overlook no estaba. Aunque no hubiera ardido hasta los cimientos durante el mandato del Presidente
Cultivador de Cacahuetes, se hallaría a más de mil quinientos kilómetros de allí. Entonces, ¿por qué se sentía tan aterrado?
Porque no estaba solo, esa era la razón. Había alguien detrás de él.
—¿Quieres un consejo, Osito?
La voz sonaba líquida, temblorosa. Dan sintió que un escalofrío le recorría la espalda. Tenía las piernas aún más frías y la piel de gallina. Veía aquellos bultitos porque llevaba pantalones cortos.
Claro que llevaba pantalones cortos. Quizá su cerebro fuera el de un hombre adulto, pero en el momento actual descansaba sobre los hombros de un niño de cinco años.
Osito. ¿Quién…?
Pero lo sabía. Le había dicho a Deenie cómo se llamaba, pero ella en vez de por su nombre le había llamado Osito.
Eso no lo recuerdas y, además, esto es solo un sueño.
Por supuesto que lo era. Estaba en Frazier, New Hampshire, durmiendo mientras una ventisca de primavera aullaba en el exterior de la casa de huéspedes de la señora Robertson. Aun así, parecía más prudente no volverse. Y más seguro, eso también.
—Nada de consejos —dijo, mirando el río y la luna llena—. Ya he recibido consejos de expertos.
Los bares y las barberías están repletos de ellos.
—Mantente alejado de la mujer del sombrero, Osito.
¿Qué sombrero?, podría haber preguntado, pero, en serio, ¿por qué molestarse? Sabía a qué sombrero se refería porque lo había visto volando por la acera. Negro como el pecado por fuera, forrado de seda blanca por dentro.
—Es la Reina Arpía del Castillo del Infierno. Si te enfrentas a ella, se te comerá vivo.
Volvió la cabeza. No pudo evitarlo. Deenie estaba sentada a su espalda en la alcantarilla, con la manta del vagabundo alrededor de sus hombros desnudos. Tenía el cabello aplastado contra las mejillas. Su rostro, abotargado, goteaba. Sus ojos miraban empañados. Estaba muerta, probablemente
llevara años en su tumba.
No eres real, intentó decir Dan, pero no brotó palabra alguna. Volvía a tener cinco años, Danny tenía cinco años, el Overlook estaba reducido a cenizas, pero ahí había una mujer muerta, una mujer a la que había robado.
—No pasa nada —dijo ella. Una voz burbujeante surgiendo de una garganta hinchada—. Vendí la coca. La mezclé antes con un poco de azúcar y saqué doscientos. —Sonrió y brotó agua entre sus dientes—. Me gustabas, Osito. Por eso he venido a avisarte. Mantente alejado de la mujer del sombrero.
—Cara falsa —dijo Dan… pero era la voz de Danny, la aguda, frágil, cantarina voz de un niño—.
Cara falsa, no estás ahí, no eres real.
Cerró los ojos como los había cerrado tantas veces cuando veía cosas horribles en el Overlook. La mujer empezó a gritar, pero él no pensaba abrir los ojos. Los gritos continuaron, elevándose ycayendo, y se dio cuenta de que era el aullido del viento. Ni estaba en Colorado ni estaba en Carolina del Norte. Estaba en New Hampshire. Había tenido una pesadilla, pero el sueño había terminado.


11

Según su Timex, eran las dos de la madrugada. La habitación estaba fría, pero sus brazos y su pecho rezumaban sudor.
¿Quieres un consejo, Osito?
—No —dijo—. De ti, no.
Está muerta.
No tenía manera de saber algo así, pero lo sabía. Deenie —que parecía la diosa del mundo occidental con su minifalda de cuero y sus sandalias de corcho— estaba muerta. Sabía incluso cómo lo había hecho. Tomó píldoras, se recogió el cabello con horquillas, se metió en una bañera llena de agua caliente, se quedó dormida, se hundió, se ahogó.
El rugido del viento era horriblemente familiar, cargado de una hueca amenaza. En todas partes soplaban vientos, pero solo sonaban así en los terrenos montañosos. Era como si un dios furioso apaleara el mundo con un mazo de aire.
Yo solía llamar al alcohol de papá la Cosa Mala, pensó Dan. Solo que a veces es la Cosa Buena.
Cuando te despiertas de una pesadilla que sabes que es un resplandor como mínimo en un cincuenta por ciento, es la Cosa Buenísima.
Un trago le enviaría de vuelta a dormir. Tres garantizarían no solo que dormiría sino que además lo haría sin sueños. El sueño era el doctor de la naturaleza, y en esos instantes Dan se sentía enfermo y necesitado de medicina potente.
No hay nada abierto. Has tenido suerte.
Bueno. Quizá.
Se puso de lado, y al hacerlo algo rodó contra su espalda. No, algo no. Alguien. Alguien se había metido en la cama con él. Deenie se había metido en la cama con él. Pero abultaba muy poco para ser
Deenie. Más bien parecía…
Salió a duras penas de la cama, aterrizó torpemente en el suelo y miró por encima del hombro. Era
Tommy, el niño pequeño de Deenie. Tenía hundido el lado derecho del cráneo. Astillas de hueso sobresalían a través del cabello rubio manchado de sangre. Una sustancia escamosa y gris —sesos— se secaba en una mejilla. Era imposible que estuviera vivo con una herida tan infernal, pero lo estaba.
Extendió hacia Dan una mano que parecía una estrella de mar.
—Suca —dijo.
Los gritos se reanudaron, solo que esta vez ni los profería Deenie ni los profería el viento.
Esta vez gritaba él.


12

Cuando despertó por segunda vez —un despertar real, ahora sí—, no gritaba, tan solo producía una especie de gruñido quedo que salía del fondo de su pecho. Se incorporó jadeando, con la ropa de cama arrugada en torno a su cintura. No había nadie más en la cama, pero el sueño no se había disuelto todavía, y con mirar no bastaba. Empujó hasta abajo las mantas, y aun así no fue suficiente. Recorrió la sábana bajera con las manos, palpando en busca de una fugitiva calidez o una hendidura dejada porunas caderas y unas nalgas pequeñas. Nada. Por supuesto que no. Miró, por tanto, debajo de la cama y solo vio sus botas prestadas.
El viento soplaba ahora con menos fuerza. La tormenta no había pasado pero amainaba.
Fue al cuarto de baño, y de improviso se giró para mirar a su espalda, como para sorprender a alguien. Solo estaba la cama, con las mantas ahora tiradas en el suelo, a los pies. Encendió la luz del lavabo, se mojó la cara con agua fría y se sentó en la tapa cerrada del inodoro; tomó largas bocanadas de aire, una tras otra. Pensó en levantarse a coger un cigarrillo del paquete que tenía junto al libro en la única mesita del cuarto, pero sentía las piernas de goma y no estaba seguro de que le sostuvieran.
Todavía no. Así que permaneció sentado. Veía la cama, y la cama estaba vacía. La habitación entera estaba vacía. Ningún problema por esa parte.
Solo que… no daba la sensación de estar vacía. Todavía no. Cuando así lo sintiera, suponía que volvería a la cama, pero no a dormir. Por esa noche, el dormir se había acabado.


13

Siete años antes, trabajando de celador en un centro de cuidados paliativos de Tulsa, Dan había entablado amistad con un anciano psiquiatra que padecía un cáncer de hígado terminal. Un día, cuando
Emil Kemmer rememoraba (sin demasiada discreción) varios de sus casos más interesantes, Dan confesó que él sufría desde la infancia lo que él llamaba «sueños dobles». ¿Estaba Kemmer familiarizado con el fenómeno? ¿Recibía un nombre específico?
Kemmer había sido un hombre robusto —la vieja foto en blanco y negro de su boda que tenía encima de su mesilla de noche así lo atestiguaba—, pero el cáncer es la dieta definitiva, y el día de esa conversación pesaba aproximadamente la mitad de su edad, que era de noventa y un años. Conservaba una mente despierta, sin embargo, y ahora, sentado en la tapa del váter, escuchando la tormenta agonizante en el exterior, Dan recordó la astuta sonrisa del anciano.
—Normalmente —había dicho con su marcado acento alemán— me pagan por mis diagnósticos,
Daniel.
Dan había sonreído.
—Se me habrá acabado la suerte, entonces.
—Tal vez no. —Kemmer estudió a Dan. Los ojos del psiquiatra eran de un azul brillante. Aunque sabía que era terriblemente injusto, Dan no podía evitar imaginarse aquellos ojos bajo un casco color carbón de las Waffen-SS—. Corre el rumor en este pabellón de condenados a muerte de que eres un muchacho con cierto talento para ayudar a morir a la gente. ¿Es cierto?
—A veces —respondió Dan con cautela—. No siempre. —La verdad era casi siempre.
—Cuando llegue la hora, ¿me ayudarás?
—Si puedo, claro que sí.
—Bien. —Kemmer se sentó, un proceso laboriosamente doloroso, pero cuando Dan se disponía a ayudarle, el anciano le rechazó con un gesto de la mano—. Lo que tú llamas «sueño doble» es bien conocido por los psiquiatras y de particular interés para los jungianos, que lo denominan «falso despertar». El primer sueño es normalmente un sueño lúcido, lo que significa que el soñador sabe que está soñando…
—¡Sí! —exclamó Dan—. Pero en el segundo…
—El soñador cree que está despierto —concluyó Kemmer—. Jung los analizó ampliamente, llegó incluso a atribuir poderes precognitivos a estos sueños…, pero, por supuesto, nosotros sabemos más,¿verdad, Dan?
—Desde luego —afirmó Dan.
—El poeta Edgar Allan Poe describió el fenómeno del falso despertar mucho antes de que Carl Jung naciera. Escribió: «Todo cuanto vemos o creemos ver no es sino un sueño dentro de un sueño». ¿He contestado a tu pregunta?
—Creo que sí. Gracias.
—De nada. Ahora, creo que bebería un poco de zumo. De manzana, por favor.


14

Poderes precognitivos…, pero, por supuesto, nosotros sabemos más.
Aunque no se hubiera guardado el resplandor casi enteramente para sí a lo largo de los años, Dan no se habría atrevido a contradecir a un hombre moribundo…, menos aún a uno con unos ojos azules tan fríos e inquisitivos. La verdad era, sin embargo, que uno o ambos de sus sueños dobles eran a menudo predictivos, casi siempre de una manera que o solo entendía en parte o no entendía en absoluto. Pero ahora, sentado en la taza del váter en calzoncillos, tiritando (y no solo porque la habitación estuviera fría), entendía mucho más de lo que quisiera entender.
Tommy estaba muerto. Asesinado, muy posiblemente, por el maltratador de su tío. La madre se había suicidado no mucho después. Y en cuanto al resto del sueño… o al fantasma que había visto antes revoloteando en la acera…
Mantente alejado de la mujer del sombrero. Es la Reina Arpía del Castillo del Infierno.
—No me importa —dijo Dan.
Si te enfrentas a ella, se te comerá vivo.
No tenía intención de conocerla, mucho menos de molestarla. En cuanto a Deenie, él no era responsable ni de su hermano con los fusibles fundidos ni de su negligencia como madre. Ni siquiera tendría que seguir cargando con la culpa por los setenta dólares de mierda; ella había vendido la cocaína —estaba seguro de que esa parte del sueño era totalmente cierta—, así que estaban en paz.
Más que en paz, la verdad.
Lo que sí le importaba era conseguir un trago. Emborracharse, hablando en plata. Levantarse, caerse, estar completamente mamado. El cálido sol matinal estaba bien, y la agradable sensación de los músculos que han trabajado duro, y despertarse por la mañana sin resaca, pero el precio —todos esos disparatados sueños y visiones, sin olvidar los pensamientos aleatorios de extraños transeúntes, que a veces encontraban la manera de rebasar sus defensas— era demasiado alto.
Demasiado alto para soportarlo.

15

Se sentó en la única silla de la habitación, a la luz de la única lámpara, y leyó su novela de John
Sandford hasta que las dos iglesias de la ciudad con campanas marcaron las siete. Entonces se puso sus botas nuevas (nuevas para él, en cualquier caso) y la trenca. Salió a un mundo que se había transformado y suavizado. No había ningún borde afilado por ninguna parte. La nieve seguía cayendo, pero débilmente.
Debería largarme de aquí. Volver a Florida. Que le den a New Hampshire, donde seguro que hasta nieva el Cuatro de Julio en años impares. ""

Fin del fragmento. El resto, en tu librería más cercana.



La taberna de Baito

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